Duelo al sol

Son las seis, una tarde del mes de julio. El sol inclemente cae sobre los altos edificios de balcones alicatados y fachadas de hormigón. No pasan coches, no se oye nada. La calma chicha de la hora de la siesta sólo la rompe un grupo de cuatro niñas que, como un espejismo, juega a las gomas en la plaza. Dos de ellas, de pie, paradas, sujetan en la cintura las cintas elásticas. La tercera salta. Cristina, la cuarta, espera  mientras se  mece en uno de los dos columpios del parque infantil.

Cristina ha tenido permiso para bajar a jugar antes de lo acostumbrado. Su madre se lo ha concedido a condición de que acabara, esa mañana,  todas las tareas de su cuaderno de vacaciones Santillana 4o de EGB.  Esta vez se ha tragado las quejas que día sí y día también repite, incansable: <<¿por qué tengo que estudiar si he aprobado todo? Las niñas de la clase no los hacen, sólo las que han suspendido. Es injusto, no hay derecho, es un rollo>>. Hoy, en cambio, se ha enfrentado sin rechistar a su penitencia veraniega y ha conseguido terminar la redacción, las multiplicaciones, los ejercicios adornados con dibujos de sombrillas y soles brillantes.  

Cumplida, al fin, su parte del acuerdo, se ha encontrado con las otras, gomas en mano, en la plaza de enfrente de su bloque de pisos.

Ahora espera su turno. Que sea la propietaria de las gomas, que haya sido su abuela quien les ha cosido un corchete para poder usarlas en los troncos de los árboles, no tiene ninguna relación con sus normas de uso. Una regla impera en los patios escolares y las plazas de todas las ciudades: en las gomas siempre empieza la que manda. La jefa del grupo.Y esa es otra Cristina, la Sánchez, la mejor jugadora de la calle. La que ahora alcanza, de nuevo, la última posición.

Las otras aguantan las tiras elásticas en las axilas. Ya lleva ganadas tres tandas. No es nada nuevo que una buena jugadora repita y repita, hasta que falle por cansancio o se aburra y condescendiente deje el turno a otra. Si no, pueden estar así toda la tarde. Las cadenas del columpio gruñen mientras Cristina — a ella, normalmente le llaman en realidad por su apellido, Gómez, y a la Sánchez por el nombre de pila, o simplemente Cris, cosa que aún le da más rabia. — Cristina Gómez se medio balancea y chupa un envoltorio de polín de de fresa descongelado hace ya un buen rato. Mientras, Laura Martínez y Ana Rodríguez aguantan estoicas en su posición de poste mientras dirigen miradas funestas a los pies de la Sánchez, quien intenta colarlos a la vez en los elásticos paralelos.

Y falla. Falla ¡Falla! Todas disimulan un rictus de satisfacción mientras la líder se pone con fastidio bajo las gomas.

— ¡Gómeeez….venga…que te toca!—  le apremia Laura Martínez.

Cristina se acerca, traga saliva, respira hondo. Es el momento. Hace semanas que practica. Ha entrenado desde que acabó el cole. Cada hora muerta se le ha ido en saltos, entre los dos plátanos simétricos al lado de los columpios. Momentos robados a un helado en la terraza del bar o a una vuelta en la bici,  que está olvidada en el sótano de su bloque.

Empieza a jugar. Primera. Segunda. Tercera… Y ahora, cuarta. Supera cuarta, las demás se irritan, esta vez no disimulan su impaciencia. Muestran sin recato una cara de fastidio que Cristina conoce muy bien. Un gesto que no enseñan a la Sánchez pero que a ella sí les brindan a menudo, de la misma manera que la ignoran en las conversaciones o no la avisan para bajar a jugar y es ella la que tiene que ir en su busca a la plaza. Cristina salta con una determinación construida con la suma de todos esos pequeños agravios. Ya sabe que, a veces, hay gestos que son símbolos, hay pequeñas cosas más importantes de lo que parecen. Por ejemplo, que en este momento, antes de empezar quinto de EGB, todo se decide en las gomas. Son la baza para dejar de ser la niña gordita y el cero a  la izquierda. Ese es el orden de cosas de su pequeño mundo. O se es la más guapa, como Laura Martínez que lleva siempre diademas de colores y zapatos a juego; o se tiene mucho morro y un hermano mayor detrás, con su bici de respaldo de cross, como Ana Rodríguez. Para Cristina Gómez López la única manera de luchar contra la zona gris de indiferencia en la que ha vivido hasta ahora es ganar, arrebatarle el trono a la Sánchez —el nombre, parece, nunca se lo podrá quedar—o al menos compartirlo. Ganarse así el respeto de las otras. Su lugar en el mundo se alcanza con un salto bien alto, y eso sólo es posible en sexta. Y va por buen camino. Flanqueada por las miradas desconfiadas y molestas de las otras hace quinta.

—Vaya potra— suelta la Rodríguez, aunque la observa con expectación y curiosidad.

Las gomas ya están en sexta, le llegan a Cristina a los hombros pues es la más bajita del grupo. Nota el calor, el sol a plomo sobre la nuca. Los pies le sudan en sus Victorias blancas. Querría ir a beber agua al surtidor pero no es el momento. Lleva días en los que consigue sexta en los árboles del parque y sabe que tiene que aprovechar el tirón, saltar muy alto y meter las piernas a la vez, es un movimiento grácil ¡ap, arriba! Los tobillos perpendiculares, los pies hacia dentro, como una rana.

Está concentrada, no puede hacer una pausa. Mira a Ana Rodríguez y a la Sánchez quienes cambian de pronto sus caras hostiles, que se mudan en sorpresa y luego en miedo.

Cristina escucha a sus espaldas una voz cantarina:

Oye tú, paya, dame lah gomah…

Ahí están, una niña que no debe tener más de siete u ocho años y otra más pequeña, una cosita de pelo negro despeinado en una coleta y piel cetrina. La mayor la mira con sorna y media sonrisa.

Las niñas del grupo miran a Cristina.

La plaza, llena de sol, está callada.

Cristina mira las gomas. Sus gomas. Su decisión.

No parece haber salida. Las gitanas son esos seres amenazantes, ajenos a su mundo de fiestas de cumpleaños con ganchitos y cabello con cintas. Las gitanas viven al otro lado del puente, en las chabolas junto a la vía del tren y nunca tienen miedo. Eso es lo más sorprendente. Cristina no comprende cómo siendo tan pequeñas no temen a nada y les da igual todo; lo que les diga la maestra los raros días que van a clase o que las niñas les insulten o se rían de ellas. Siempre de lejos, porque en la cara no se atreverían, pues si las miras más de dos segundos entonces entornan los ojos y te dicen <<que te coma un mal arcance…>>

Ahora que se fija, a la mayor la conoce, sabe que se llama Rosa, la ha visto en el mercado de los miércoles cuando ha acompañado a su abuela a la compra. Suele estar allí con su madre, la mujer que vende claveles .<<Gracias señora Agustina>> le dice a su abuela la madre de Rosa y entonces las niñas se miran de reojo un par de veces como si no estuvieran, seres ajenos de dos mundos. A veces, si su abuela se percata, le dice << ¡saluda a Rosa, Cristina!>> y las dos susurran un hola tímido, como para adentro.

En cambio ahora Cristina sí mantiene la mirada. Porque está a punto de hacer sexta, de dejar de ser la última y conseguir ser alguien. Porque está harta. De los deberes de verano, de los edificios grises, de los calcetines de ganchillo que se clavan en las rodillas, de las niñas malvadas, de que cundan tan poco las veinticinco pesetas de su paga, de su tripa, de sus gafas. Cansada de las injusticias de su pequeña vida, responde:

—No.

Se gira, salta sobre el asfalto, el calor, el tiempo casi detenido, el tiempo que se alarga como las gomas elásticas en los cuerpos impávidos de las niñas. Y hace sexta.

La plaza está llena de sol, no pasa un coche, no sopla el viento. La Rodríguez y la Sánchez, contemplan la escena, paralizadas, mientras la Martínez se agarra al columpio.

Cristina se gira, y dice:

—Y ahora os vais y nos dejáis en paz .

Rosa Heredia la reconoce. Sabe quién es ella, la niña gordita que va con su abuela al mercado y que no es igual que las de al lado, con sus sandalias y sus piernas largas. Rosa querría, en el fondo —aunque sería incapaz de reconocerlo en voz alta—, tener también unas gomas. Incluso, si no estuviera al otro lado del puente, de la vida, atreverse y pedir : ¿Puedo jugar?

Pero, qué pena, hay gomas que son como los cables de la luz, se levantan inalcanzables. Piensa eso Rosa, en un suspiro. Luego baja la vista, comprende y acepta la derrota.

—Bah, anda vámonooo. Vaya mierda de gomah. No las quiero…¿y tú que mirah? – y tras dar un buen tirón de pelo a la Sánchez, y una colleja a la Rodríguez sale corriendo en la tarde ardiente.  

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