Estaba escrito

Entra una luz escasa, de final de tarde, por los ventanales de la sala. Sobre la mesa de reuniones se extienden desordenadas las hojas impresas, subrayadas en bolígrafo rojo. A su alrededor, se debate.

¡Pero si es de los peores! Es pretencioso, un quiero y no puedo, no sé cómo puede ser tu favorito. dice José Manuel.

No es verdad. Es, claramente, el más innovador de todos. —Alfredo habla tranquilo, arrellanado en su silla. José Manuel le mira fijamente desde el otro lado de la mesa, y frunce los labios. Respira hondo.

A mí tampoco me convence mucho… La verdad. Ana se endereza y se ajusta las gafas. Habla apresurada—. No hay historia, no hay intención. Y ese estilo de frases cortas acaba siendo repetitivo ¿no os parece?

José Manuel agradece el gesto a Ana con una sonrisa desganada. Ana mira a la pared de enfrente y disimula. Aunque no se soporten los dos son bibliotecarios y una solidaridad gremial les une frente al experto literato.

Bueno Clara, que preside en el extremo derecho de la mesa, toma su copia del relato (número 25 “Cosas en tránsito”) veamos qué ha escrito Tyler Durden.

Encima. Con ese seudónimo lo dice todo masculla José Manuel.

Clara levanta la ceja y sigue leyendo. Fuera se encienden las farolas.

Hay cosas interesantes. Aquí, por ejemplo: “En el balcón de enfrente de mi ventana un tipo no sabe que le escribo. Su mujer, en bata. Los dos acodados, no saben que son personajes.”

Ana mira con disimulo su reloj. Les queda una hora para decidirse y no se ponen de acuerdo. Mientras Clara lee, los otros manosean sus copias, aburridos, menos Eulogio, el bedel, que juega con el móvil.

¿No os parece que deberíamos valorar, al menos, el uso coherente de los disparadores creativos? José Manuel insiste y se agita inquieto en su silla. Tiene claro que el mejor relato es la historia de detectives ambientada en Suecia. Las dos palabras elegidas esa mañana por el dedo inocente de Eulogio en el diccionario, ferroviario y col, tienen un sentido lógico en la trama. En cambio, el tal Tyler sólo ha escrito “Soy un ferroviario en una estación fantasma” y más adelante, sin ningún sentido: “ hay una col en la lana del jersey de mi vecina”.

Esconde José Manuel en su vehemencia sentimientos más profundos que la animosidad que le provoca Alfredo. Adivina que, bajo el seudónimo de “Mary Cassat”, firmante de las peripecias de la granja escandinava, se esconde una estudiante asidua de la biblioteca. Una joven que acude cada lunes y miércoles a las tres de la tarde, a pasar apuntes en la misma mesa de la sección de Historia del Arte, donde consulta los pesados tomos. Esta mañana, al entregarle las hojas en blanco para el concurso, ella ha respondido a su saludo con cara de desconcierto, sin ubicarle, y esto ha sido para él un instante triste. Después ella le ha sonreído, recordando, de qué conozco a este tipo, ah sí, el bibliotecario. Pero a él ese momento le ha caído con una gota de vinagre.

Clara levanta la cabeza y dedica a José Manuel su sonrisa a medias. Un rictus cortés pero distante que resume su trabajo como directora de la biblioteca. Una línea de labios fruncidos que refleja el juego de equilibrios para llevar de un lado a otro la atención, la escucha. Luego llega a casa y es otra cosa. Pero ahora le toca tener paciencia. No en vano la idea ha sido suya. Constituir un jurado participativo y no dejar la elección únicamente a Alfredo, el tallerista de escritura, como en otras ediciones. Y efectivamente, el Décimo quinto concurso de Literatura Rápida de la Biblioteca Melville ha recibido varios voluntarios para formar parte del jurado, pese a realizarse un sábado por la tarde. Ana y José Manuel, los dos bibliotecarios, y Eulogio, el bedel. Qué ganas de verse un día más las caras, le sopla a Clara una vocecita negra que se está volviendo habitual, como un José Manuel pequeño con voz de vieja.

Con todo, el concurso ha tenido gran afluencia, es innegable. La mayoría abuelas, le advierte de nuevo la voz, molestando. Pero las treinta plazas cubiertas para escribir un relato a partir de dos palabras al azar, qué más se puede pedir, y el buen ambiente, y que la gente quiera escribir y crear y la interacción y el espacio en común y…

Tal vez podríamos acordar unos criterios de valoración: trama, forma, personajes… apunta Ana, mirando a Clara, e inmediatamente duda si es una buena idea, se recrimina el uso de “tal vez”, y siente cómo la mirada de su jefa la traspasa—, ¿no?

¿De verdad? exclama Alfredo— ¿ahora nos vamos a poner en plan crítico? Pierde el aire relajado. Mira a Ana y José Manuel, los perdedores de plaza fija y aspiración frustrada, se dice a menudo, cuando los ve como ratoncitos desimantando libros, deslizándose por los pasillos—. Veamos. Toma aire y se quita las gafas. Cualquiera de los relatos, incluso el que él apoya, son mediocres. Por Dios, que es un certamen de barrio. Pero resulta que su título de literatura comparada, el libro de cuentos, la novela a puntito de salir en una editorial independiente no le dan autoridad. Pues bueno. Hay que ser prácticos. Usar otras armas para acabar la discusión cuanto antes, entregar de una vez la cafetera del premio al ganador y cerrar el acto. Clarisa le espera, ay, Clarisa en su cama y su cara de admiración cuando él le recomienda lecturas. Aunque después no las lea. Dice que tiene mucho que estudiar, que ahora está con un trabajo sobre el expresionismo alemán pero que en cuanto pueda se pone al día. Ay, Clarisa, también cándida aprendiz de escritora. Le ha enseñado algunos relatos, historias policíacas en tierras escandinavas que, debe reconocer, están escritas con buen estilo aunque las ha leído en diagonal, pero es que todos sus alumnos de los talleres le envían relatos y poemas para conocer su opinión y acaba saturado. Está seguro de que el relato de Clarisa es la historia de la granja Borgen y la adolescente torturada y no va hacer nada para que gane. Tendrá que disimular, llegado el momento, diciendo que él no ha visto nada claro el relato ganador. Y poner cara de sorpresa cuando ella mencione el título de su obra. “No me digas, ¡pero si era de mis favoritos! Pero no hubo manera, amor, no hubo manera…”

Con el cuerpo animado por la anticipación dirige su mirada a los ojos huidizos de Ana. Lo intenta también con Clara, pero su cara de puerta no le da espacio. Con José Manuel ni que decir.

Mira Ana. Si vamos al análisis. Este relato es pura forma. El único que arriesga. Se pasa la mano por el pelo, rizado, que escasea en la coronilla y habla con voz modulada. Alfredo sabe que no provoca admiración en Ana. Sabe que la bibliotecaria es la autora de una reseña cruel de su libro de cuentos en un estúpido blog de literatura que nadie lee, pero que él encontró googleándose a sí mismo: “Jugar a ser Cortázar” ( y el subtítulo mordiente: “y fallar en el intento”). Allí había otra Ana: fría, calculadora, despiadada. Pero Alfredo también sabe que una cosa es escribir y otra estar en la vida. Y Ana es de las que juega en dos planos, y sale perdiendo en el cotidiano. Es incapaz de dar su opinión en las reuniones, se asusta. Y tiembla un poquito siempre que se cruzan por los pasillos, traga saliva, mira hacia otro lado. Alfredo se crece. Va a ganar el relato de la corriente de conciencia y las cosas en tránsito o lo que quiera que sea. Y ella le va a dar la razón—. Deberíamos valorar, en este caso, cómo, a partir de ideas casuales, extemporáneas, enlaza un discurso coherente, con sentido… armonioso, incluso.

—Capullo. —Piensa Ana. Azorada, siempre se queda sin palabras. Es capaz de ver su pensamiento hábil, ingenioso y certero sobrevolando la escena, pero luego su lengua se queda quieta. Quizás es porque habla poco, porque se pasa casi todo el día en silencio, a excepción de las frases susurradas a los usuarios, con fechas de devolución, o categorías. Será porque casi nunca habla en primera persona. Del singular, en concreto. Siempre en primera del plural, o en estilo indirecto. Cómo admira a los que tienen opiniones formadas. Le intimidan los “yo siempre” o los “yo tengo claro…”. Y aunque hay una corriente honda de afirmaciones rotundas que late en su conciencia, estas no brotan. En cambio, se sonroja, tartamudea, se calla. Como ahora.

Eulogio Clara interrumpe la perorata de Alfredo. El bedel levanta la cabeza de la pantalla y parece que se despierta de un sueño—, ¿Tú qué opinas?

Pues, no sé… si es por gusto… a mí me gustan los crímenes, las novelas de misterio. Prefiero la historia de la niña muerta. Aunque también leo muchos libros de autoayuda porque son los que más toma prestados la gente. En realidad no me convence nada de lo que hay. Eulogio, simplemente, no ha sabido decir que no. Han ido todos, cómo iba él a faltar. Tampoco tenía nada especial que hacer en casa. Al menos este sábado es un poco distinto.

Bueno Eulogio, nunca llueve a gusto de todos… Y nos tenemos que poner de acuerdo. Clara consulta el móvil—. Que ya son las seis y media.

¿Quién quiere un café? Carmen, la recepcionista, llega con un termo y una bandeja de pasteles—. Por cierto, ¡os habéis dejado un relato en la fotocopiadora! Enciende las luces de la sala y el ambiente se vuelve amarillento. En la bandeja carga con un taco de copias impresas.

Mientras Carmen se inclina sobre la mesa, colocando las tazas, Eulogio se incorpora con una mano en el pecho y deja caer la otra. El móvil rebota en el suelo.

Eulogio, ¿qué le pasa? Carmen se acerca al bedel, que se inclina sobre la mesa.

No me encuentro bien —, responde con voz débil.

¡Lo que faltaba! Que le de un infarto al pobre hombre, se dice Clara, mientras Carmen recoge en su regazo el enjuto cuerpo de Eulogio, que parece escurrirse de la silla.

¡Un teléfono! Llamad a urgencias —,apremia Carmen.

¿Es eso sangre? señala Ana. Un reguero rojo mancha la camisa blanca del conserje.

¿Cómo, sangre? —Alfredo, desde atrás, toma por los hombres a Eulogio para mostrar su torso encogido. Una línea roja brota del pecho, de un punto redondo.

No puede ser, parece… José Manuel agranda los ojos, estupefacto.

Un agujero de bala —, murmura Ana.

Clara ¿no nos has oído? Hay que llamar a urgencias grita Carmen—. ¡¡Ay Dios mío, ay Dios mío!!

Surgen al unísono los móviles de los bolsillos.

Tranquilos, llamo yo reacciona Clara, al fin—. Llamo yo. Y bajad la voz, que está todo el mundo esperando en la sala de actos. No quiero montar aquí un escándalo.

Eulogio, mientras tanto, gime mientras sobre el pecho se le dibuja una mancha púrpura.

—Vamos a tumbarlo en la mesa —, propone José Manuel. Y con Alfredo elevan el cuerpo delgado sobre la tabla de madera.

—Quitad las cosas de en medio —, exige José Manuel. Ana retira los vasos, la comida y los relatos y los apila en una mesa pequeña al lado de la ventana. Sobre las copias manoseadas, deja las impresiones que acaba de traer Carmen. El título llama su atención: “El jurado del concurso literario”. Sigue leyendo:

«Entra una luz escasa, de final de tarde, por los ventanales de la sala. Sobre la mesa de reuniones se extienden desordenadas las hojas impresas, subrayadas en bolígrafo rojo. A su alrededor, se debate.

¡Pero si es de los peores! Es pretencioso, un quiero y no puedo, no sé cómo puede ser tu favorito —, dice José Manuel.

No es verdad. Es, claramente, el más innovador de todos. —Alfredo habla…»

Ana mira a su alrededor. Continúa leyendo, desconcertada. Ahora le parece que, más que en un cuadro, estén en una cajita de muñecas, sin tabique delantero. ¿Quién les mira y juega a divertirse con sus expectativas e incertidumbres?

Observa la escena a su alrededor, Clara hablando en un rincón con el servicio de salud mientras Carmen tapona la herida con un pañuelo y da de beber agua a Eulogio. Alfredo y José Manuel de pie, contemplan la escena con aire descolocado. Ana les llama:

—José Manuel, Alfredo…Venid. Mirad esto. Se ha quedado en la bandeja de la fotocopiadora.

—Ana, no es el momento ―responde irritado José Manuel.

Leedlo, por favor. En diagonal. Son cinco páginas. Se llama “El jurado del concurso literario”. Es muy raro.

¿De dónde ha salido? dice Alfredo, una vez leída su copia. Se pasa la mano por la cara y comienza a lanzar miradas suspicaces a su alrededor—, ¿es una broma?

—Es una casualidad… ¿no? —José Manuel mira casi desvalido a Ana—. ¿Qué número tiene el cuento? ¿Quién lo firma?

Ana mira la última página.

—Firma “Quien lo lea ”. No tiene número.

—Puede haber usado un silenciador… parece un juego de esos, de psicópatas. —Alfredo pasea por el espacio libre de la sala, se pone y se quita las gafas.

—No tiene sentido. ¿De dónde sale esa herida? ¿habéis oído un disparo? Pero si estábamos todos con él… A ver si es una cámara oculta. —José Manuel se acerca a la mesa y aproxima su mano al pecho de Eulogio. Carmen le mira, furibunda—. ¿Qué crees que haces? ¿Eres médico, ahora?

El color de la tez del hombre es blanquecino. No parece estar fingiendo en absoluto.

José Manuel se reúne de nuevo con Ana y Alfredo y los tres se atrincheran, como conspiradores, en un rincón, junto a unas sillas de plástico apiladas.

—No es una herida —susurra Ana, con aire reconcentrado—, es una metáfora. Somos exactamente los personajes de ese cuento. Y en el cuento al bedel le pegan un tiro en el pecho.

—Ya… Andamos en busca de autor. Vamos, querida, te has pasado leyendo a Pirandello. —Alfredo dirige una mirada acusadora a José Manuel. José Manuel se la devuelve, achinando los ojos y cerrando los puños.

—Fíjate Alfredo, ¿tú no querías intertextualidad? ¿Innovación? Pues toma, dos tazas —, susurra José Manuel—. De hecho, ahora que lo pienso, igual sí que estamos dentro de un relato. De uno malo, porque tú mismo eres un cliché. Mira lo que pone aquí —dice, señalando en el escrito— “Ay, Clarisa en su cama y su cara de admiración cuando él le recomienda lecturas.” Sólo te falta ser argentino, por Dios.

—Ya, ¿y tú? ¿Tú no eres un arquetipo? Rencoroso y amargado: “un instante triste”… ni siquiera sabe cómo te llamas…Y ¿te das cuenta de que no gustas a nadie? ni a tu compañera ni a tu jefa, y suerte que no habló Eulogio.

José Manuel, enclenque pero enérgico, se abalanza sobre Alfredo, quien retrocede sorprendido entre las sillas amontonadas.

—¿Qué pasa? Por favor, callaos. —Advierte Clara, móvil en mano—. Hemos de evitar hacer ruido. Hay cincuenta jubilados esperando un veredicto, y nosotros con un moribundo —se gira y continúa su conversación al móvil—. No, no… no sé cómo decirle, no es un infarto, es que tiene una herida.. Como si… como si le hubiera golpeado algo…. Bien, sí gracias, esperamos a que lleguen.

—Ay Clara…Venid.. Que creo… —grita Carmen. Hay algo de pictórico en la imagen de la mujer, bajo la lámpara, con el cuerpo desfallecido de Eulogio entre sus brazos.

—Está muerto —responden al unísono Ana, Alfredo y José Manuel, de pie, alrededor de la mesa.

—Ay Dios… —Clara se acerca al cadáver, perdida la calma, temblando.

—Clara, espera —Ana, decidida, intercepta a Clara—. Está muerto… pero es sólo una figura retórica. Y tiene solución.

—¿Cómo? ¿qué dices? —Clara le mira a los ojos por primera vez, interesada, de pronto, en esa mujer que parece haber agrupado sus partes y hacerse una, más fuerte y real.

—Toma, lee esto. —Ana tiende a Clara una de las copias—. Podemos solucionarlo si le damos el premio a ella.

—¿A ella? ¿A quién?

—A la que escribe. Lee, por favor…

—¿Quién? —Clara, mira la copia de papel y, desubicada, obedece, sujetando los folios con manos temblorosas—. Pero… ¿Qué es esto?

—Esto es una historia y estamos aquí dentro, y la trama está en nuestras manos. La que escribe me ha hecho llegar a esta conclusión. Está claro que soy el personaje más interesante. —Ana mira a todos. Se toma su tiempo. Se ajusta las gafas y prosigue—. Para ser un cuento, y considerando su corta extensión, ya desde el principio se me intuye una parte desconocida, que queda oculta, y que me diferencia de los otros personajes, que sois meras caricaturas: el profesor del taller de escritura ligón y soberbio, el funcionario envidioso y ruin, la jefa estresada. En resumen, la autora ha matado a Eulogio, pero como nosotros estamos dentro del cuento y no fuera, y aún no hemos llegado al desenlace, podemos cambiarlo todo.

—El cuento ya tiene un final Ana, y es la muerte de Eulogio. Mira aquí… —interviene impertinente José Manuel, con las hojas en la mano—. Pero… —en la última página, antes impresa, el papel está en blanco…

—¡No hay nada escrito! ¿Qué es esto?

—Trae aquí. —Clara toma la copia de José Manuel y comprueba como las dos últimas páginas están en blanco. Revisa su propia copia y confirma que es la misma. Las paredes de la sala tienen, de pronto, como una cualidad fosforescente—. Vamos a ver Ana. Yo soy la que convocó el concurso. Y para nada soy un arquetipo. Al contrario, apunto un personaje rico, que se debate entre la buena voluntad de hacer bien su trabajo y la realidad de una vida con posibles problemas de pareja y agobio por su hijo recién nacido, que aunque no se mencionen claramente, se pueden intuir en la reveladora frase “cuando llega a casa es otra cosa”. Tú y tu autora os habéis aliado, habida cuenta que ella se ha proyectado en ti: por eso eres la más misteriosa y supuestamente perspicaz, y el centro de la acción al descubrir el relato perdido. Pero yo, querida, yo soy la directora de la biblioteca. Y por mucho que me matéis al conserje, no pienso dar el premio a ese cuento que ha llegado tarde y además no tiene número.

Clara se ha ido acercando a Ana. Las dos derechas, frente a frente.

—Pero Clara, no es nada personal. Esto tengo que hablarlo con la autora.

—No lo creo, lo voy a hablar yo. ¿Quién manda aquí? —Clara se gira y mira arriba. Nos mira. Te mira:

—Oye autora, leamos las bases. Sí tú, la que lees. Ah, que eres él. Bueno, da igual: persona lectora de este cuento. Ya, que tú sólo lees, ¿verdad? Pero en tanto que sigues esta trama estás recreando de forma singular la historia ¿O no? Cada vez que se lee este cuento es un cuento distinto. Cada lector es un autor. Así que, ¿te parece que has seguido las instrucciones del concurso?: las palabras “col” y “ferroviario” salen sólo referenciadas, porque aparecen en otras historias. Para colmo, te cargas al pobre Eulogio, que no ha hecho nada, que es el que menos guerra me da. Aún si te hubieras atrevido con José Manuel, que me agria los lunes, o con Alfredo, por causas evidentes… pero ¿el bedel?

—….

—No tienes nada qué decir? Pues entonces, va a ganar “La chica sin cabeza en las laderas de la montaña”. O sea, Clarisa Sánchez, a quien todos conocemos, ¿verdad? ¿Te importa resucitar a Eulogio que es el que sabe dónde está la cafetera del premio?

 

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