Puedo ver las estrellas entrar en mi habitación

Hola, soy Pamela —susurra una voz al otro lado del teléfono. En la pared del comedor a oscuras se refleja, intermitente, la luz roja de los adornos navideños que atraviesan la calle de lado a lado.

Hola Pamela, ¿qué tal? —Ha estado a punto de desearle felices fiestas, por la inercia de los últimos días. Surgen automáticos la sonrisa y el guion repetido de frases: “¿Cómo se presentan la fiestas? ¡A ver si nos toca! Salud, que no nos falte.”— ¿Qué llevas puesto?

Veamos… ¿qué te gustaría? —Se escucha, de fondo, música jazz. Le parece que es In a sentimental mood. — ¿Qué tal algo rojo? ¿Rojo y verde?

Mejor negro —Sobre la mesa de centro, la botella mediada de Chivas 12 años que le ha caído en el lote navideño. Fuma un puro Cohiba regalo de un proveedor, un tipo grandote y desagradable con el que se ha topado en la cafetería de al lado de la oficina. Hacía diez años que no fumaba, ni en las bodas. Ve subir el humo, espeso. Se recuesta en el sofá.

Claro, cielo. Llevo unas bragas negras de encaje y un sujetador muy escotado y me acerco a ti lentamente. Estás ahí, sentado en el sofá, ¿verdad?

La luz de la televisión silenciada reverbera. En la pantalla se mueven personajes bizarros vestidos de satén.

Sí, sí… qué lista, estoy en el sofá…

Me acerco… ahora estoy muy cerquita… me siento en tus rodillas… mmm… —El gemido parece prematuro. El sabor del puro es acre, fuerte. Echa en falta el del cigarrillo convencional. Se oye a los vecinos de arriba; sus risas, sus tacones, las sillas que se arrastran en torno a la gran mesa navideña.

Mm… Cariño… sabes que voy a hacer todo lo que tú me pidas, ¿verdad? —La ceniza compacta del puro cae sobre el sofá. Un sofá blanco muy bonito, muy delicado, que debería cubrirse en el día a día con algún tipo de funda. Sobre la tela de color crema queda un borrón gris.

Pamela…

Dime, cielo.

Pamela… qué pena que hoy no cenemos juntos…

—… —Al otro lado, Ellington y Coltrane mano a mano se asoman por la línea, pero no borran el silencio incómodo. Una voz bronca atraviesa el techo. Parece venir de uno de esos tipos de mediana edad, borrachos, que cuentan batallitas en las comidas familiares.

Qué pena Pamela, amor, cómo te echo de menos… —insiste.

—… Ya… sí… —al fin ella responde, con tono inseguro— Sí, qué pena, yo también… yo también te echo de menos. —La voz, antes suave, con un artificial deje latino, recupera un acento neutro.

Se arrebuja en la bata y sube al máximo la potencia de la estufa. La factura será muy alta y las otras se quejarán, como de costumbre. Reclamarán que pague más alegando que es la que pasa más tiempo en casa.

Retira las hojas de apuntes que pasaba a limpio. Apaga la lámpara. La luz del ordenador, azulada, la ilumina. Sube un poco el volumen del reproductor.

No quiero que lo pases mal, no quiero que estés triste. Con que yo esté mal es suficiente. —Un hombre en la cuarentena, una voz desapasionada. Es peor escuchar esto que diez frases soeces. Pero no cuelga.

No lo puedo evitar. No me gusta la Navidad… — Carraspea —. No me gusta la Navidad sin ti.

¿Te ha llegado mi regalo?

¿Eh? Ejem, ¿sí? ― Mira la funda de saxofón que le ha comprado por la tarde a una desconocida que ha contactado por Internet. Han quedado en la entrada del metro, hacía mucho frío en la calle. La chica era guapa y delgada y tenía un pelo muy largo, rubio natural. Se ha preguntado al verla dónde estaría el saxo que contenía la funda, porque ésta se encuentra en buen estado, con la piel cuidada y el interior morado aterciopelado, sin pelar. Se ha imaginado que debía ser de otra persona, que esa chica no tenía pinta de tocar el saxo, pero no se ha atrevido a preguntarle y que le dijera que sí.

Sí, aquí lo tengo, es una funda muy bonita. Ahora ya puedo llevar mi saxo a todas partes. ¿Cuando vuelvas vendrás a verme actuar? —Le ha salido sin pensar. Al fin y al cabo, vive de construir fantasías. Puede fabricar cualquier historia, no necesariamente con ligueros y colegialas. En su lugar, podría haber recibido la funda esa mañana, justo para poder transportar su saxo a un recóndito club del centro de la ciudad. Podría llevar un vestido negro de satén y el cabello a un lado; tener una larga melena de pelo liso y castaño que acariciar mientras habla. Los labios pintados de rojo. Podría sacar el saxo del estuche y tocar para él.

Claro que sí, allí estaré, mirándote —Le sigue él.

El sabor del whisky le gusta. Cuando era joven bebía destilados con refresco. Nunca lo había tomado solo y no ha sido hasta ahora que lo descubre.

Te dedicaré Have yourself a merry little Christmas —responde Pamela y la voz recordada de Ella Fitzgerald le alcanza. Aligerar el peso del corazón, enviar muy lejos los problemas, perderlos de vista. Colgar una estrella de la rama más alta del árbol.

Precioso. Ojalá fuera esta noche, con el local medio vacío y yo mirándote desde una mesa. Cuando acabaras nos iríamos a la barra y pediríamos una botella de Chivas para los dos.

Ríe la voz, sugerente, grave, al otro lado del teléfono:

Sí, beberíamos sin parar. Y comeríamos canapés de langostinos.

Reprime un bostezo, se le cierran los ojos, incontrolables.

Siempre me ha gustado emborracharme contigo. No todo el mundo sabe beber.

La voz suena un poco gangosa. Él sí que parece bebido.

Estás cansado, ¿qué hora es allí? ―Él parece jugar a estar lejos, a una distancia que salta husos horarios.

Aquí… ¿en San Petersburgo? —Reprime la risa. Pero en realidad, es verosímil, un hombre borracho en Rusia podría llamar a su amante, en Madrid, la víspera de Navidad. Un hombre, un músico también, por ejemplo, que bebe vodka mientras cae la nieve tras la ventana de su hotel. Espera la voz. Le oye ahogar un bostezo—. Son… la una y cuarto. Está nevando.

Es lo que tiene ser un pianista reputado, te reclaman en fechas señaladas. ―Recuerda las manos de su profesor de solfeo, un argentino hosco, guapo. Lo imagina frente a la televisión silenciada mientras bebe botellitas de minibar.

No significa que sea el más talentoso de los dos. Para…—ahora sí bosteza— nada.

¿Qué ves por la ventana? —Se pregunta dónde estará. Seguramente en un lugar anodino y triste, donde nunca nieva.

I can see the stars come through my room —tararea él—. Estoy en el hotel Dostoievski y el cielo está estrellado detrás de las nubes. Escuchabas In a sentimental mood.

La lista de reproducción se ha parado hace unos minutos. Se oye el ventilador del portátil.

Sí, ¿la vuelvo a poner?

Por favor.

Busca la versión cantada por Sarah Vaughan. Pero ni siquiera una voz así ilumina la penumbra una noche como esta. También tiene mucho sueño. O es otra cosa.

No es una mala canción de cuna. Es tarde aquí también.

… —Suena la música. La voz tararea al otro lado de la línea—. You make my paradise… my paradise complete…

Deberíamos descansar.

Sí, sí… tienes… razón —La voz se arrastra, ebria— .Duerme conmigo… Pamela.

Feliz Navidad, amor, que descanses.

Anuncios